
Un Ciclo de VidaComo seres humanos venimos al mundo envueltos en un ambiente de estimulación en muchos aspectos. Quizá la parte que más llegamos a desarrollar es la mente. Al menos eso podrían opinar muchos lectores. En otras especies, la racionalización no es tan relevante como ciertas destrezas físicas, claves para la supervivencia y éxito de la especie misma. De la gran variedad de fauna y flora que nos rodea en este planeta, una especie ha llamado mi atención profundamente a través de los años. Inicialmente por un interés de pescador propiamente tal y luego como ser vivo, testigo de un proceso increíble. Desde pequeños hemos escuchado en la escuela la historia del salmón, que nace en un río, viaja al mar, donde crece por unos años, para luego retornar a su río de origen, reproducirse y morir. "¿Morir?" me preguntaba yo a esa edad ... "¿por qué? Creo que no se lo merece". Hasta el día de hoy veo algo de tristeza en ese momento final, cuando el salmón, exhausto por el titánico viaje, y ya habiendo cumplido su labor reproductora, se "sienta" a esperar el final. Muchos pescadores podrían pensar "qué gran desperdicio". Ver un pez de casi 15 kg., en estado agónico, es un imagen muy poderosa. Pero para mí hay cierto trasfondo de trascendencia aún más relevante. Recuerdo la primera vez que me tocó ver una corrida de salmones. Fuimos con mi padre a recorrer la sección más recomendada del Río Thompson, el gran río que atraviesa parte de la provincia de British Columbia en Canadá, cruzando las tierras de nor-este a sur-oeste. Es un río de muchos kilómetros de largo, hasta que entrega sus aguas al imponente Fraser, que finalmente se vacía al Pacífico en Vancouver. En particular, nuestro destino fue el afluente Río Adams. Salimos un sábado muy temprano en la camioneta Dodge de mi padre. Sólo íbamos los dos, con los datos de un amigo de él para llegar a ver a los salmones. Usualmente habría estado muy ansioso, a mis 13 años, pero el cansancio de la semana me mantuvo durmiendo gran parte del viaje, sólo despertando para tomar desayuno en un pequeño pueblo llamado Hope. Horas después llegamos al río, y aunque el día amenazaba lluvia, no se asomó en ningún momento. Bajamos de la camioneta y fuimos caminando por un sendero. El Thompson se escuchaba a lo lejos, y el Adams parecía acercarse detrás de los árboles. El sendero se puso más denso en vegetación y en algunos trechos debíamos agacharnos. El ruido del río se sentía cada vez más cerca ... hasta que nos encontramos abruptamente con un gran recodo de aguas azules. Todavía recuerdo ese momento como si hubiese sido ayer ... bastaron unos segundos para que pudiese acostumbrar la vista y enfocar unas sombras oscuras que se movían por el fondo. Se veían tan grandes que al principio no pensé que eran peces. La verdad no sé que pensé al primer vistazo. Bastó que mi padre me indicara dónde mirar, para darme cuenta que el lecho se tapaba con varios, muchos salmones de enorme tamaño. Todos ellos de fuerte color oscuro, pero con ciertas manchas blancas en diversas partes del cuerpo. Eran chinooks. Todos en pleno proceso de reproducción. La escena para mí fue sobrecogedora. Esos peces, de un tamaño que realmente inspira respeto, estaban ahí. Yo había viajado varias horas desde mi casa cerca de Vancouver en camioneta. Y estos salmones habían nadado la misma distancia remontando el Fraser, luego el Thompson, y finalmente el Adams, para llegar a su lecho de desove. Me quedé un buen rato ... no sé cuánto, pero mucho. Sólo observaba a esos enormes peces. Al rato me fue fácil poder identificar a los machos, que eran algo más grandes que las hembras y en muchos casos, más oscuros. Pude ver el proceso completo, aunque sólo estuvimos dos días. Algunos salmones habían llegado antes que otros y por eso, habían empezado (y terminado) antes que otros. Los que venían llegando, aún peleaban fieramente por los las hembras y por los lugares de desove. Las hembras aleteaban para remover la gravilla del fondo y preparar el lecho. Los machos las rodeaban espantando a todo el que se acercaba. Era increíble. Esos peces estaban decididos a terminar su tarea. Era todo en lo que se preocupaban. Había una sensación mágica en el ambiente, de vida. Yo era testigo de un proceso natural que ha ocurrido de la misma manera, en ese mismo lugar, desde mucho antes que los seres humanos pusieran pie en esas tierras. Es superior, esencial, hipnotizante. Caminé unos metros para ver otros sectores. El proceso seguía. Todos los chinooks involucrados en la misma tarea. Buen no todos. Algunos, seguramente los primeros en llegar, ya habían culminado su esfuerzo supremo y se mantenían en la corriente suave, con sus cuerpos descomponiéndose en vida. Vi uno de ellos, una enorme hembra, que simplemente había perdido la vista por los hongos, y nunca me vio acercarme incluso a medio metro. Con esa impactante imagen en mi retina, avancé otros metros corriente abajo y pude ver los cuerpos de algunos salmones que ya habían expirado. Eso fue lo más impactante. Uno de ellos estaba tirado en la orilla y por el tamaño inicialmente lo confundí con un tronco. Me impactó profundamente, a pesar de que ya sabía de aquel desenlace.
Luego de dos días de visitar ese sector del Adams, con mi padre emprendimos el viaje de vuelta. Me subí a la camioneta y mantuve silencio. Mi padre lo notó y sin preguntarme nada me dijo algo que nunca olvidaré ... "¿Sabes André? Los salmones han vivido en esta zona por miles de años, y aún son, por unos días, los reyes del río. Yo creo que es porque no son egoístas. Cada salmón que nace y finalmente vuelve a su río de nacimiento, sabe que su vida culmina al final de su viaje corriente arriba. No les importa. No tienen intereses personales. Sólo saben que es lo que necesita su especie para perpetuarse. Al subir el río y llegar a desovar les dan a sus descendientes la posibilidad de vivir en un ambiente rico en nutrientes. Ellos saben que al morir, sus cuerpos alimentan el lecho con su organismo. Eso fomenta la vida de muchas otras especies, de las que finalmente, sus descendientes dependerán. No hay ejemplo más loable que el del salmón". No sé si a esa edad realmente entendí el verdadero trasfondo de aquella lección natural. Quizá nunca lo he logrado asimilar en toda su dimensión. Pero algo me ha quedado de todos modos, y tiene que ver con la actitud del salmón ante a su medio y ante su especie. Creo que los humanos seguimos peleando por lograr "eficiencia, productividad, lujos, comodidades" en esta pasada fugaz por la Tierra. Dios nos puso aquí para crecer como individuos y como comunidad en armonía con el mundo que nos rodea. No para hacer "de las nuestras" a costa de todo lo que nos rodea. ¿Será que aún no aprendemos la lección? Quiero pensar que a mi edad he logrado aprender algo. Quiero pensar que así es. Sólo lo sabré cuando llegue allá arriba, ante el Todopoderoso, y vea cuánto construí y destruí en esta vida ... muchas veces, sin pensar en mis descendientes y en las consecuencias de mis acciones. Por mientras ... todavía me queda algo por arreglar aquí abajo y, muchas veces, nadar contra la corriente ... como al final del Ciclo de Vida del Salmón Rey. Fotografía: Rodrigo Sandoval U. |
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