Voces de la Corriente - Andre Saint-Valle

Primavera

Cuando se viene del Hemisferio Norte a vivir al Hemisferio Sur, el cambio no es inmediato. En mi caso, mi cuerpo sintió muy fuerte el largo invierno que me tocó, por haber viajado desde mi (hasta ese entonces) hogar en Montana, en EEUU, para llegar a Chile en el mes de abril. En Montana aún había nieve en las calles, mientras en Chile el otoño venía entrando fuerte, y con ello las lluvias y algo de frío. Para mi cuerpo, el invierno duró desde octubre de un año, hasta octubre del año siguiente.

La razón de mi casi-desesperación por lo largo del invierno, es que hay un corto periodo en la primavera, que dura sólo unos días, en que los ríos vienen en un estado absolutamente cautivador. Depende del invierno, qué tan lluvioso, qué tan caluroso, el momento en que se producen esos días en que los ríos, en especial aquellos de escaso tamaño, vienen absolutamente cristalinos y con un buen flujo de agua. Para cualquier naturalista, la posibilidad de admirar los colores de la flora en toda su majestad es impagable. Simultáneamente, para un pescador con mosca, la posibilidad de ver algunos salmonídeos alimentándose furiosamente en un curso de agua abundante de organismos, luego de meses de austeridad invernal, es otro espectáculo especial.

Son múltiples las sensaciones que me produce la primavera y por esa razón, aquella primera que pasé en Chile, fue la primera que tuve en casi un año y medio. En aquella ocasión me encontraba en trabajando para una empresa extranjera dedicada a la industria forestal. Los proyectos en esos días me hicieron viajar un día de noviembre hacia la remota zona sur de la Décima Región de Chile. El plan sería navegar desde Puerto Montt hasta Chaitén y luego recorrer la zona hacia el sur.

Por unos días, el grupo de tres personas recorrimos gran parte de la zona, no sin esfuerzo especial, debido a que la que hoy se conoce como Carretera Austral, era un mínima huella adecuada para carretas. De hecho, algunas de las salidas a terreno las hicimos a lomo de caballo. Terminamos nuestras jornadas de exploración antes de lo presupuestado, por lo que nos quedaron algunos días libres. Afortunadamente mi sexto sentido me dijo que se abriría esta oportunidad y andaba como mi caña favorita.

Sin pensarlo mucho, sabiendo que tenía tres días de libertad, me conseguí un buen caballo y fijé como destino la punta sur del Lago Yelcho. Afortunadamente, un colono de la zona que se hallaba en esos días en Chaitén, se ofreció a acompañarme para aprovechar de ir a visitar unos parientes en Puerto Ramírez. Partimos el viernes temprano, y la lluvia persistente de los últimos tres días se abrió mágicamente para dejar pasar un cielo esplendoroso, que se adornaba con esporádicas "esponjas blancas". Según recuerdo, el nombre de mi compañero de cabalgata era Manuel ... si no, podré referirme a él por ese nombre. Apenas salimos de Chaitén, nos dirigimos hacia el sur. Ibamos muy admirados del paisaje y el verde adornado de puntos multicolores, producto de las flores recién asomadas. Mi castellano era muy deficiente en ese entonces, por lo que me reprimí de entablar mucha conversación. Por otro lado, cada vez que Manuel hablaba, me costaba 10 neuronas muertas poder descifrar fonéticamente sus palabras.

Aún así, con un par de horas de viaje comencé a entender algunas palabras sueltas y pudimos comunicarnos en términos básicos. El me entendía más de lo que yo le entendía. Entre varios temas que intentamos tomar, el más entusiasmante para ambos fue hablar de la pesca, cuando vio mi caña asomada en una de las esquinas de mi bolso. Le comenté de la pesca en Canadá y en el Noroeste de los EEUU. No sé si los lugares que mencioné significaron algo, pero su cara parecía asombrarse en cada relato breve que yo intentaba compartir con mi limitado lenguaje.

Luego de un rato, comencé a entender parte importante de lo que él me comentó respecto a la pesca de la zona. Mientras cruzábamos el antiguo puente sobre el Río Yelcho (hoy existe uno espectacular), me habló de las "marrones" que habitaban la punta sur del lago, que casi siempre era azotada por el viento. Además se refirió con mucha admiración a la belleza del valle del Río Futaleufú. Pasó así la jornada completa y nos encontramos bordeando la punta sur del Lago Yelcho. El destino de Manuel se encontraba sólo unos kilómetros más allá y en vista de la conversación que habíamos tenido, mis expectativas del Yelcho habían crecido.

Lago yelcho

En esa hermosa tarde de primavera, me quedé absolutamente a mi propio destino, mirando el Lago Yelcho y sus azulinas aguas, y cordilleras nevadas. Bajé hacia la playa, cerca de la entrada de un estero. Mi intensión era simplemente armar mi primer campamento. Al llegar a la orilla pude apreciar claramente una ausencia de viento y eso tenía el lago como un espejo. Una aureola por ahí y otra por allá llamaron mi atención. Diez minutos después, las esporádicas tomadas aumentaron y mientras armaba mi campamento aprecié mayor actividad.

Quedando una sola hora de luz no soporté más y armé la caña. En ese momento, una eclosión de caddis estaba en pleno apogeo. Era claro, por el tipo de tomadas, que las truchas estaban atacando las pupas justo bajo la superficie. Rápidamente saqué una imitación de adulto que no flotaba bien, suponiendo que podría imitar a los insectos en metamorfosis. Dos lanzamientos después lo comprobaba al atrapar una enorme fario que arrancó con muchos metros de mi línea antes de rendirse. Esa corta jornada de una hora me reportó varias tomadas cerca de la superficie, así como un buen par de fuertes peleas con farios locales.

Mi noche fue muy placentera, porque la temperatura no bajó mucho y no llovió. Al día siguiente me preparé un buen café que llevaba, calentando agua del lago con un tetera y una fogata. El agua, que la tarde anterior había mostrado abundancia de vida parecía muy, pero muy calmada. Luego de un rato, armé mis cosas y a media mañana reinicié el recorrido. Esta vez siguiendo dirección al oriente para encontrarme con el valle del Río Futaleufú, del cual me habían hablado maravillas.

Como a eso de las 12:30 llegué al valle del río, recorriendo un claro sendero de carretas que parecía internarse en la impresionante vegetación en que dominaba el género Nothofagus. El verde se contrastaba maravillosamente con el azul cielo. Unas horas más tarde agregué un color esmeralda impactante a la visión. Era el Futaleufú - Río Grande en lengua nativa - que corría por un valle de escarpados montes y frondosos bosques verdes de coihues y lengas.

Mi impresión fue tremenda. La belleza del valle superaba todas mis expectativas. Seguí avanzando por un buen rato. No sé cuánto. Hasta que llegué a un punto, a media tarde donde se veía una clara pradera muy acogedora junto al río. La falta de comida no se había sentido hasta ese momento, por estar atontado con la imponencia del paisaje. Las copas de la montañas de granito aún mostraban sus capas blancas de nieve invernal.

Valle del Río Futaleufú

El Río corría poderoso por su lecho. El sonido no era ensordecedor, sino que sobrecogedor. En el sector en que me encontraba no se veían más que recodos y gigantescos pozones, pese a que Manuel me había mencionado la existencia de algunos rápidos de gran respeto.

Me establecí en la pradera que había divisado a lo lejos y volví a armar mi último campamento del fin de semana.

Como 2 horas antes del crepúsculo, me encontraba yo sentado en una roca junto a un gran pozón del Futaleufú. Las condiciones climáticas se veían similares al día anterior. La expectación aumentó mi nerviosismo. Pasaban los minutos y nada. No había actividad.

Luego de un rato, decidí cambiar y usar una línea engrasada para pescar con grandes streamers. Até un White Ghost, uno de mis favoritos y comencé a lanzar al comienzo de un pequeño remolino. Lancé varias veces hasta que un fuerte chapoteo me llamó la atención corriente abajo. Apenas me volteé alcancé a ver la aureola agrandándose y desapareciendo en las aguas.

Mi adrenalina se gatilló y frenéticamente cambié la línea. Pocos minutos después había observado varios disturbios en la superficie y sin analizarlos, veía volar a varios insectos de color claro. Estando listo, observé unas enormes caddis llenando de a poco el aire. La imitación elegida fue la misma de la jornada anterior.

Cinco lanzamientos fueron necesarios, hasta que una pequeña trucha se apoderó de mi mosca y pude sacarla y devolverla rápidamente. Volví a repetir varias veces sacando siempre arcoiris de unos 20 cm. Mi entretención era evidente y mi satisfacción era completa.

Quizá por esa sensación de que ya todo era perfecto fue que me sorprendió casi cardíacamente la tremenda picada que sufrió mi mosca cuando la luz comenzaba a esconderse tras los cerros. Mi carrete comenzó a girar incontrolablemente, hasta que me repuse de la sorpresa y me dispuse a pelear la entrega de línea. En ese momento, un gran disturbio a lo lejos me indicó dónde estaba mi potencial captura. Era grande. Más de tres veces el tamaño de cualquiera de las de la orilla del Lago Yelcho. ¿Podrían ser 6 kg.? ... creo que si.

La pelea se extendió por varios minutos hasta que logré desviar la carrera de la trucha hacia un remanso lateral del río, o que me liberó de la fuerza de la corriente. La pelea no terminaba ahí y necesité de otros cinco minutos para que la trucha cediera su esfuerzo y me permitiera acercarla a mi lado. Aún recuerdo los colores de esa fario. Más larga que mi brazo. Más gruesa que mi dos brazos juntos. Su vientre amarillo, su lomo oscuro. Y unos puntos rojos que parecían despedir una luz intensa, aún en ese atardecer avanzado.

Unos minutos de reanimación en una corriente suave permitieron que de un coletazo que me empapó, la trucha saliera directo hacia las profundidades del pozón. Fue increíble. El final perfecto, para una jornada perfecta, en un lugar perfecto.

Creo que fue el momento en que decidí que Chile era un lugar hermoso y valioso para pasar mis restantes años de vida. Así ha sido y así lo he podido comprobar en estos más de veinte que llevo caminando en esta Trapananda (Tierra Lejana).

Desde entonces he recorrido varios parajes de este territorio, en todas las épocas del año. Aún me maravillo por cada rincón de esta tierra, pero sigue grabados en mis memorias esos maravillosos días que pasé en mi primera excursión por la Patagonia Occidental.

En mi regreso a Chaitén, anonadado por la belleza del lugar y las excelentes jornadas, me pregunté "¿Será posible tanta maravilla?" ... con el tiempo, supe que si.

Fotografías del Yelcho y de Futaleufú: Rodrigo Sandoval U.


André Saint-Valle es un suizo que vivió muchos años en Canadá y EEUU, para luego quedarse en este austral país. Ha dedicado gran parte de este siglo a recorrer distintos lugares del mundo, siempre intentando aprender de la vida a través de la naturaleza.

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