Voces de la Corriente - Andre Saint-Valle

Brookies para Año Nuevo

Siempre he tenido claro que venirme a vivir a Chile fue una excelente decisión, aunque las razones para quedarme no fueron ni son las mismas que tuve para venirme. Pese a sentir que realmente vine a dar al lugar adecuado, en este rincón del continente, hay un aspecto que me ha pesado en todos estos años. La lejanía con mis seres queridos, en particular de mi hermana y de mi hija, quienes aún viven en Norteamérica. En su momento, cuando de joven me fui a vivir a Montana, dejando a mi familia en Canadá, la sensación fue similar.

En aquellos años, a comienzos de la década de los sesenta, planeé, como estaba acostumbrado, una visita a mi familia que vivía cerca de la costa del Pacífico en British Columbia. Al confirmar mi fecha de llegada para el mes de julio, mi padre sugirió que hiciéramos un buen viaje a la costa del Atlántico, visitando en particular, la provincia de Labrador. Dado que no conocía esa región, mi respuesta fue afirmativa de inmediato. Rápidamente planificamos los detalles juntarnos en su hogar en las afueras de Vancouver, y luego tomar un avión a Labrador. Para hacer corta esta parte de la historia, pasamos dos semanas extraordinarias con mi padre y mi hermana. El paisaje realmente sobresaliente, con frondosos bosques rodeando azules lagos, tal como lo conocíamos en la costa opuesta. La pesca, principalmente sacamos las místicas truchas de arroyo -- brookies -- que en esa zona alcanzaban (y aún alcanzan) tamaños récord, registrando mi mayor captura en más de 4 kgs. Lo que más recuerdo de aquella ocasión fue la oportunidad de compartir un excelente viaje, una fantástica aventura, con dos de mis seres queridos. Es un momento que hasta hoy me emociona recordar.

Años después, cuando ya me encontraba en Chile, tuve la oportunidad de invitar a mi hija, Hannah, a pasar las fiestas de fin de año en esta austral tierra, aprovechando sus vacaciones académicas. La idea le pareció fantástica, y a sus veinte años, la aventura de recorrer el sur de Chile fue un incentivo especial. Planificamos su llegada para antes de navidad, así podríamos aprovechar de viajar al sur y pasar ambas fiestas en la zona de Magallanes junto a unos buenos amigos míos.

Su llegada al aeropuerto fue especial y muy emotiva, ya que llevábamos un tiempo sin vernos, ya que yo no había viajado mucho a Montana en los últimos años. Recorrimos parte de Santiago, ciudad que encontró muy interesante y muy especial. Dos días después tomamos el vuelo a Punta Arenas, y estaríamos pasando Navidad en casa de estos amigos que vivían en ese entonces en la calle Bories, cerca de la plaza. Fueron días muy especiales y de mucho acercamiento entre ambos.

Siguiendo nuestro plan, salimos rumbo a Tierra del Fuego tres días antes de año nuevo. El plan era seguir junto a mis amigos y pasar una semana en la estancia que la familia tenía en la gran isla. En esos días pudimos recorrer aquella tierra indómita, donde el viento es el dueño omnipresente, y los animales recurren a todas sus virtudes físicas para sobrevivir en la pampa fueguina.

Por aquella estancia pasaba un río. Nada grande, según los administradores. Me bastó un vistazo fugaz para reconocer las características de un spring creek que, como he mencionado en otras ediciones, son mi debilidad. Mi pasión en lo que a cursos de agua se refiere. Dada la hora de la visita a dicho río, tuve que postergar mi entusiasmo para el día siguiente. Invité a mi hija a acompañarme en la jornada, y siendo nacida en Montana, hija de un fanático de la pesca y de los spring creeks como yo, sabía que no se negaría.

Nos levantamos temprano al día siguiente. La fecha indicaba el 31 de diciembre. Tomamos unos de esos buenos y contundentes desayunos que se acostumbran en la Patagonia. Casi cuesta levantarse de la mesa luego de tal abundancia de comida. Nos vestimos abrigadamente y fuimos conducidos en la camioneta de la estancia a uno de los recodos más hermosos del río.

Desde el camino - más bien huella - se alcanzaba a distinguir a los pies de la colina del fondo, un pequeño bosque coihues de magallanes y algunas lengas. De entre ese bosquecito, aparecía el curso de agua, más identificable como un estero que un río propiamente tal. El coirón, de color amarillento, ya dominaba el horizonte. El viento, en esta época baja un poco, pero en esa mañana parecía no estar al tanto de esa estadística histórica. Nos bajamos confiados en que este estero nos daría algunas sorpresas. Acordamos con nuestro amigo que la hora de recogernos fuese como a las 20:00, para dar tiempo suficiente a volver a la estancia y prepararnos para la celebración de año nuevo.

Entre risas y comentarios, con mi hija armamos nuestras cañas. El viento comenzó a hacerse sentir, tal como es costumbre en aquella tundra austral. El equipo elegido incluía líneas flotantes, con peso adelante, en número #6 ambas. Cañas adecuadas a la línea y carretes con freno normal. Yo hubiese querido utilizar un equipo más liviano, pero el viento no daba ninguna oportunidad de trabajar con delicadeza.

Comenzamos ambos turnándonos los lugares y posiciones en las orillas del río. Aunque andábamos con waders y muy abrigados, no era necesario entrar a agua inicialmente. El primer lanzamiento lo hizo Hannah en una de las curvas del río, que lentamente avanzaba por la pampa. El fondo estaba cubierto de verde vegetación, a diferencia del entorno que nos envolvía. La elección inicial fue utilizar ninfas genéricas. Yo até una Pheasant Tail y Hannah una Hare's Ear. Dos lanzamientos muy precisos y delicados no produjeron resultados, pese a la perfección que puso en la presentación (todo padre siempre está orgulloso de sus hijos, en especial si lo superan en las técnicas de pesca).

Pasamos al siguiente recodo, donde un aislado tronco se atravesaba por el curso del agua. Al ser mi turno, comencé lanzando cerca de la orilla, para luego acercarme un poco más y precisar lanzamientos en dirección del tronco. Pude pasear mi ofrecimiento por todo el flanco derecho del tronco sumergido y nunca vi ningún tipo de reacción de las profundidades. Un último lanzamiento marcaría el fin de mi primer turno. Pero una trucha salida de detrás del tronco, corriente abajo, interrumpió el derivar de la ninfa. Al sentir la clavada explotó en el agua e intentó volver al tronco. Una rápida y muy afortunada maniobra la frenó en su intento y pude llevarla al sector abierto corriente abajo donde la pelea se inclinó a mi favor. Pocos minutos después, Hannah tomaba una foto de una hermosa Salvelinus fontinalis (Trucha de Arroyo, o Brookie) de excelente tamaño, mientras yo la sostenía sobre el agua para luego soltarla.

Ambos nos sonreímos y ella, con un veloz "¡me toca!" se dirigió al siguiente sector. El siguiente tramo, más recto que los anteriores, mostraba poca estructura, salvo la orilla opuesta, en que el pasto formaba un pequeño techo sobre el agua. Eso indicaba un excelente refugio para una trucha. Sin comentarlo, ambos lo sabíamos, así que su primer lanzamiento colocó la ninfa al comienzo del corte en la orilla, permitiendo un derive natural por debajo de ese techo. Nuestros instintos estaban en lo correcto, y una ágil y saltarina trucha de arroyo lo comprobó en la primera pasada.

Una vez en las manos de Hannah, pudimos ver un colorido aún más dramático que aquella que había capturado pocos minutos antes. Creo que son los peces más hermosos de la familia de los salmonídeos, junto a sus parientes inmediatos, la Dolly Varden y el Arctic Char (ambos residentes exclusivos de latitudes muy extremas del hemisferio norte). Su sonrisa reflejaba toda la satisfacción interna.

Más tarde, cada uno pudo capturar otro par de las mismas truchas, todas maravillándonos por su hermoso colorido. Incluso algunas truchas fario o marrones que logramos atrapar mostraban una coloración muy especial, cosa que siempre ha sido común en cursos de origen subterráneo, como es este estero.

A eso de las 8 en la tarde, con el sol aún en lato, tal como sucede en estas latitudes australes en esta época del año, y un viento que no nos abandonó en toda la jornada, apareció Nelson, el administrador de la hacienda, en la camioneta.

Con una gran sonrisas se bajó y nos preguntó por el resultado de la jornada. Con una sonrisa similar relatamos un resumen de lo que habíamos logrado en aquel hermoso spring creek. Pocos minutos después, luego de cambiarnos de ropa por algo más abrigador y cómodo, subimos a la camioneta.

El primer intento de echar a andar el motor no fructiferó. Ni el segundo, ni el tercero. Las sonrisas de los tres fueron reemplazadas por caras de sorpresa, y luego de preocupación. Una rápida revisión reveló que la batería había sufrido un desperfecto (nunca he entendido mucho de autos). Luego de unos treinta minutos de intentos, Nelson decidió que había que traer refuerzos. Se dirigió a la parte trasera y extrajo una bicicleta que venía sepultada bajo pieles de cordero. Sin dudarlo, la montó y partió en dirección de la estancia con el compromiso de volver a la brevedad. Con Hannah simplemente nos sonreímos y sentamos dentro de la camioneta para evitar el viento. A eso de las 11 de al noche, una hora y media después que Nelson se había ido, la luz finalmente comenzó a disminuir para dar paso a la corta noche magallánica. Sólo unos minutos después apareció Nelson, junto con otros dos ayudantes en una segunda camioneta.

Un termo con café que ellos trajeron nos entretuvo mientras entre los tres comenzaron a hurgar en la camioneta buscando arreglarla. El ambiente se relajó y varias bromas y anécdotas salieron a flote, mientras se comprobaba el estado de la batería y el motor de partida. Finalmente el motor encendió y todos nos subimos a los vehículos para tomar rumbo de vuelta. A medio camino nos dimos cuenta de algo especial, eran las 11:50 PM de aquel 31 de diciembre. Diez minutos después, ambas camionetas se detuvieron (sin apagar los motores, como precaución), y los cinco nos saludamos, deseándonos buenas experiencias para el año que recién comenzaba. Fue un año nuevo en plena pampa de Tierra del Fuego, y en especial, en compañía de Hannah.

Más tarde la recepción en la casa principal se enriqueció con abrazos, deseos, y bromas por el atraso. Estuvimos hasta muy tarde compartiendo hermosos y alegres recuerdos, de experiencias en distintas latitudes del mundo.

Desde entonces no he vuelto a Tierra del Fuego, cosa que lamento mucho. Espero solucionarlo pronto. Quizás subconscientemente tengo la noción de que esa jornada tan extraordinaria y rica en situaciones y compañía de personas especiales no podrá repetirse. Es como si ya hubiese sido perfecto tal como ocurrió. No lo sé. Cada experiencia es especial. Pero claramente en mi corazón quedó para siempre aquella jornada con Hannah y las brookies para Año Nuevo.


André Saint-Valle es un suizo que vivió muchos años en Canadá y EEUU, para luego quedarse en este austral país. Ha dedicado gran parte de este siglo a recorrer distintos lugares del mundo, siempre intentando aprender de la vida a través de la naturaleza.

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