
Pescando muy TardeEn la edición anterior se me ocurrió hablar de la Región de Magallanes, en Chile, y me vinieron muchos recuerdos. Tantos de ellos son maravillosos. Esa región no deja de impresionarme. En algún momento pensé en compararla - por la simetría en relación al Ecuador - con las tierras de British Columbia, Canadá, donde viví parte de mi adolescencia. Cuando aterricé la primera vez en Punta Arenas, hace ya varios años, la sensación fue más parecida a llegar a uno de los países nórdicos. Lo que más puede asemejarse es la enorme pampa argentina, que de hecho, es limítrofe con esta región de Chile. En fin. Uno de los buenos recuerdos que tengo de la región fue en un verano en que aproveché la estadía de mi buen amigo Nick Peddar en estas tierras australes. Sin pensarlo mucho, guardando aún ese impulsivo espíritu de nuestra juventud en Montana, decidimos arrancarnos por una semana a esta región, con el principal propósito de recorrer el Parque Nacional Torres del Paine. Un avión nos llevó en pocas horas al aeropuerto en las afueras de Punta Arenas. Un par de días de recorrido por esta peculiar ciudad, tan fuertemente influenciada por la cultura europea en su época de esplendor de principios del siglo XX, nos permitió disfrutar plenamente con la historia de este austral puerto. Un auto arrendado, no sin algo de dificultad en ese entonces, nos llevó en algunas horas al pequeño pueblo llamado Puerto Natales, a orillas del mar en el Seno de Última Esperanza. Pese a haber pasado una buena década y media desde ese entonces, ya se veían turistas extranjeros caminando por las calles del tranquilo puerto, entre los cuales nosotros nos confundíamos bastante bien. Una corta visita a los hitos importantes de aquel pueblo, que sólo nos llevó una mañana, y rápidamente enfilamos rumbo hacia el ansiado Parque. ... (prometo contar muchos detalles de este viaje en una futura edición de esta columna). El cuento es que en casi 4 días recorrimos lo más relevante del frontis de este maravilloso parque, para luego recorrer el camino de vuelta hacia el sur, hacia Punta Arenas, donde un vuelo de regreso a Santiago nos esperaba algunas horas más tarde (muy temprano al día siguiente). En el recorrido de vuelta, Nick me recordó que habíamos traído las cañas de pescar y las habíamos olvidado completamente en la maleta de nuestro vehículo. Nunca se nos pasó por la mente pescar, aunque la pesca en Río Serrano y el Lago del Toro decía ser muy productiva, según algunos personajes de la zona. Eran como las 7 de la tarde cuando salimos de Puerto Natales rumbo a Punta Arenas, distante a algunas horas de viaje. Nick volvió a insistir en el tema, y sólo le llevó unos kilómetros en convencerme de parar en alguno de los ríos que atraviesan la carretera. Afortunadamente, unos amigos que tengo en Punta Arenas, me habían mencionado muy livianamente la posibilidad de pescar el Río Penitentes, a medio camino entre ambos puertos. Las instrucciones básicas, y únicas, habían mencionado la "Hostería Río Penitentes". Una rápida mirada en nuestro mapa Copec reveló que nos encontrábamos a unos kilómetros del puente sobre el río y sólo otro tanto más allá veríamos una desviación (así esperábamos al menos) hacia la hostería. Una tomada la decisión de entrar a pescar, sólo quedaba el detalle de la hora. Eran cerca de las 8PM y la luz, aunque muy extendida en estos meses de verano, sólo duraría hasta poco pasado de las 10PM. La divina estrella de los verdaderos devotos de la pesca se hizo presente cuando el desvío a la hostería apareció misteriosamente 30 km antes de nuestros cálculos. Para ser honestos, creo que nunca estuvimos muy claros en el uso de aquel mapa. Pero el hecho de ver aparecer el desvío media hora antes de los previsto despertó en nosotros un ánimo especial. Estacionamos en la puerta de la hermosa casa, claramente la casa patronal de una hacienda magallánica en tiempos pretéritos, hoy transformada en un hotel campestre muy hermoso. Una breve, pero cortés conversación con el encargado del lugar nos dio la posibilidad de pasar por sus terrenos y probar suerte en los sectores más cercanos a la hostería. No conversamos una sola palabra entre Nick y yo, mientras armábamos frenéticamente nuestras cañas y nos poníamos nuestras botas largas. La luz ... sin detenerse, se iba ocultando poco a poco detrás de los bajos lomajes que nos rodeaban. Sólo una hora de luz quedaba. Entramos directo en el sector más cercano a la hostería, el cual mostraba un largo run, por el cual suspendido un cable que imaginamos ayudaba al cruce del río, que en ocasiones no es vadeable en esta sección. Con paso firme comenzamos a remontar el río, siempre con la vista fija en el agua, para detectar cualquier manifestación de actividad. Nick divisó una tomada de superficie a unos 15 metros corriente arriba y sin pensarlo, sacó línea y comenzó a lanzar una mosca que no supe identificar. Al tercer lanzamiento tuvo una tomada que nos dejó la adrenalina hirviendo, pero no hubo clavada. Varios lanzamientos posteriores no mostraron efecto. Cambié mi elección de una mosca seca, por una clásica hare's ear - al menos una simulación en versión Saint-Valle. Lancé en el siguiente recodo, colocando delicadamente la mosca en el cambio de corriente, muy cerca de unos troncos. Pese a la decadente luz, alcancé a divisar el costado plateado de una trucha que decididamente se lanzó a la captura de mi ofrecimiento. Levanté la caña con gran decepción al ver que no había tensión del otro extremo de la línea. Pasaron algunos minutos en que la calma se fue apoderando de nuestros sobreexcitados cerebros, mientras los rojos tonos del atardecer iban apoderándose de la pradera del Río Penitentes. Son esos los momentos más mágicos del día, y así parecen saberlo las marrones de aquel río. Sólo unos segundos alcanzó a derivar mi imitación cuando súbitamente se detuvo, para revelar una corpulenta fario en carrera río arriba. Varias maniobras lograron evitar que la trucha encontrara abrigo en los troncos, así que finalmente la alcé en mis manos breves instantes para poder admirarla. Era un hermoso y sano ejemplar. Así concordó conmigo, mi compañero en esa jornada. Un sabio pescador se habría detenido en ese momento, ya que las luces se atenuaban poco a poco y haber pescado aquel hermoso ejemplar era más que suficiente. Ni Nick ni yo estábamos actuando como sabios pescadores esa tarde, por lo que continuamos la pesca por otra hora más, ya muy entrada la noche. Tuvimos que sacar nuestras linternas frontales que habilmente incluimos en el chaleco cuando salimos del auto. Habría sido imposible seguir pescando, y más aún retornar al auto en la oscuridad de aquella noche.
Una de las cosas que me cautivan de la pesca nocturna es la posibilidad de pescar absolutamente dependiendo del oído y del instinto, más que de la vista. Se lanza al agua, especulando el lugar donde la mosca caerá. Se siente el disturbio del agua. Se siente cuando la trucha toma la oferta. No es que se vea o se oiga literalmente. Es como si un sexto sentido se avivara en estas condiciones, haciendo de la pesca algo realmente extraordinario. Fue fantástico y muy mágico. Ambos mantuvimos silencio, pero rostros animados en todo el transcurso de nuestra breve jornada de pesca en el Penitentes. La vuelta al auto, fue con paso pausado, como si no quisiéramos terminar ese día perfecto.
Ambos pescamos bien, comprobando una vez más que las fario no tienen problema en mantenerse activas durante las horas de oscuridad. Ambos lo pasamos muy bien, y ambos recordamos aquel día como si fuese ayer. Cada vez que nos juntamos a recordar historias de pesca, un pasaje de aquella tarde y noche sale relucir. Sigo creyendo que la naturaleza nos ofrece oportunidades mágicas cada día, en cada lugar. Algunas veces valoramos y recordamos algunas más que otras. Para mí, aquella jornada seguirá en mis recuerdos por mucho tiempo, en especial cada vez que me encuentre nuevamente pescando muy, pero muy tarde. Fotos: Rodrigo Sandoval U. |
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