Voces de la Corriente - Andre Saint-Valle

Cierre de la Temporada

Al momento de que esta columna salga editada, la temporada de pesca en Chile y Argentina estará prácticamente cerrada. Es la fecha correspondiente para los salmonídeos del Hemisferio Sur. Para muchos de mis amigos quienes viven en este calendario hace varios, varios años, la espera muchas veces se tornaba eterna. Recuerdo cuando un buen amigo me contaba de sus inviernos hace ya varios años. "Por algunos meses me gastaba el poco dinero que lograba ganar en el invierno en viajes a varios lugares. De primavera a mitad del otoño me dedicaba a probar suerte en cada remoto lugar que podía imaginar en este país. Hasta que llegaba aquel día. El fin de la temporada. Luego me pasaba los restantes 6 meses esperando con gran impaciencia el día en que una nueva temporada comenzaba. La espera podía llegar a ser torturante, al pensar en ese idílico río, aún no visitado, que se mostraría pletórico de vida, y me ofrecería aquella jornada mágica lanzando mi mosca al agua".

Pensándolo bien, no fue hace tanto tiempo que le hoy decir eso. Desde que llegué a Chile me he dado cuenta que he entrado en el mismo ritmo y esquema de vida de pescador con mosca. Por un lado me enorgullece saber que me he insertado correctamente en el ambiente de los pescadores de esta zona del mundo.

Pasando el tiempo descubrí que el invierno no necesariamente significaba comenzar una hibernación en espera de la primavera y las aventuras de pesca que ésta traería. Si bien es cierto, por unos inviernos dejé mis cañas cuidadosa y decididamente guardadas, tuve la oportunidad de ser invitado a algunos nuevos experimentos de pesca a cargo de mi grupo de compañeros de aventura.

Comenzamos por mirar hacia el mar. Tal como había sido mi experiencia en las costas de BC en Canadá, en aquel entonces en busca de las delicadas Sea Run Cutthroat con línea flotante y pequeños streamers. También, en algunas ocasiones había optado por un fuerte equipo y grandes moscas, en busca de los salmones migratorios, que recorrían parte de las costas rocosas de la aquella provincia canadiense. Pero había pasado mucho tiempo desde aquel entonces. Más de 20 años.

Mirando localmente, la larga costa que posee Chile es un verdadero muestrario de oportunidades si es que alguien está dispuesto a mirarlo. Un par de mis amigos ya tenían experiencia en pesca de mar. Pablo Sotomayor llevaba varios años usando largas cañas y anzuelos con pejerreyes para lograr atraer a musculosos lenguados que habitaban varias de las playas del litoral central. Ese pareció ser el primer desafío, pero esta vez con un equipo mosquero.

Una mañana de sábado, en pleno junio, nos fuimos a uno de los balnearios de la V región de Chile. Yo confié en una larga caña para línea #7. Era de grafito. Una de las primeras que tuve. Junto a una línea de hundimiento uniforme, até un líder grueso (1x). Tomé uno de los clásicos streamers del hemisferio norte, un marabou white ghost, y procedí a lanzar la mosca lo más lejos que pude desde la playa. A mi lado, Pablo hizo lo propio, manteniendo el equipo de playa que siempre había utilizado. Sólo transcurrieron unos minutos hasta que el primer lenguado se decidió por el pejerrey de Pablo. Una hábil maniobra, basada en la paciencia, logró clavarlo y finalmente pelearlo hasta la orilla. Tres kilos de lenguado se alzaban frente a mis ojos, mientras Pablo lucía su sonrisa victoriosa.

Como todas las historias maravillosas, mi insistencia fue recompensada una media hora más tarde, cuando mi constante recogida del streamer se vio interrumpida por una suave tensión. Pablo lo notó de inmediato y con una simple frase: "déjalo que se trague la mosca", aumentó en forma instantánea la adrenalina. Unos segundos después di un tirón a la línea y se desató una desenfrenada carrera mar adentro. El backing de mi Bauer comenzó a salir rápidamente hasta que sin aviso, el lenguado se detuvo. Comencé a recoger, y luego de varios tira y afloja, lo acerqué. Era hermoso, al menos para mí, que recién observaba el segundo lenguado de mi vida. Se parecía mucho a los halibut del Pacífico Norte, pero su colorido y diseño lo perfilaban como un excelente combatiente. Esa fue mi primera pesca de mar en el Hemisferio Sur.

Casi en la misma época, Andrés Vicuña había tenido la oportunidad de visitar unos parientes en la zona norte de Argentina. A su regreso no dejó de hablar de una impresionante pesca de una especie de pez sumamente poderoso que habitaba ríos turbios de aquella zona. Se trataba de los Dorados. Sin pensarlo demasiado, armamos rápidamente el grupo y nos fuimos un fin de semana larga al mismo pueblo de sus familiares. Sólo bastaron dos días de pesca, y 16 horas de conducción por caminos poco transitables para darnos una impresionante experiencia de pesca, con equipos #7 y #8, líderes de acero para evitar sufrir el efecto de los afilados dientes de aquellos amarillos peces. Tal como alguna vez lo confidenció el gran Billy Pate, quien es uno de los más grandes pescadores de agua salada del mundo, "el dorado excede en fuerza y fiereza ... la pesca de dorados es una de las más excitantes del mundo". En los siguientes inviernos pude volver otro par de veces a probar suerte con aquellos impresionantes peces, pero siempre he quedado con gusto a poco.

Luego de algunos años en Chile, viendo evolucionar mi propia motivación de permanecer aquí, me vi enfrentado a sentir la distancia que me separaba de parte de mi familia, que aún reside en el Hemisferio Norte. Gracias a "buenos años" en mi labor profesional, vi abierta la posibilidad de viajar en varias ocasiones en los meses de invierno. El Noroeste de los EEUU y mi añorada British Columbia me han visto viajar en numerosas ocasiones en los meses de "hibernación" del Hemisferio Sur. Fue así como volví a recorrer varios de los hermosos parajes que recorrí en años de juventud, mientras el invierno se manifestaba en tierras australes.

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Así es. Creo que en los últimos años no he dejado mi caña descansar más de unas semanas consecutivas. Poco a poco, he podido contar con más tiempo y oportunidades para disfrutar más y más de mi más profunda pasión. Algunos que conozco dicen que soy un "suertudo" por todos los viajes y aventuras que tengo, pero creo firmemente que en realidad es mi propia voluntad de hacer realidad aquellos sueños la que me permite disfrutar de un ritmo que efectivamente me mantiene permanentemente disfrutando de mágicas jornadas, vadeando en un río de algún lugar del mundo.

En mi opinión, sólo depende de las ganas que cada uno de nosotros tenga. Las oportunidades sobran hoy en día. Los destinos, cada uno con su propio atractivo, son innumerables. Dudo que de quererlo, sea capaz de aprovechar todas esas alternativas. Por lo pronto, creo que es importante escuchar esa propia voz interna, que me imagino que muchos de Uds. también tienen. Esa voz que sólo me deja descansar unas semanas antes de obligarme a pararme de mi silla y partir en busca de la próxima aventura, ya sea en la temporada abierta de salmonídeos en la maravillosa Patagonia, o en los hermosos parajes del Norte, de la costa, durante aquellos meses que solían llamarse "hibernación".


André Saint-Valle es un suizo que vivió muchos años en Canadá y EEUU, para luego quedarse en este austral país. Ha dedicado gran parte de este siglo a recorrer distintos lugares del mundo, siempre intentando aprender de la vida a través de la naturaleza.

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