Voces de la Corriente - Andre Saint-Valle

El Espíritu de Aventura

Difícil resulta poder describir en palabras un concepto, que al menos para mí, es tan profundo. Tener espíritu de aventura no significa transformarse en un Indiana Jones cualquiera. Significa muchas cosas, entre ellas, tener valentía y determinación como para hacer cosas más allá de la rutina y costumbres diarias. Algo así. Desde que era un adolescente, siempre viví con el constante deseo de hacer cosas nuevas. De ir a lugares desconocidos. De lograr algo más que lo que me deparaba el día a día. Es muy posible que mi espíritu de aventura se haya manifestado en varios de los viajes que hice teniendo poco más de quince años, muchos de ellos en solitario y otros tantos en compañía de algunos de mis buenos amigos de adolescente.

Más que ser un afán de exploración, nuestras aventuras en esos años se basaban en un impulso interno que se despertaba con fuerza cada vez que nos enfrentábamos en uno de los viajes de exploración a situaciones distintas, novedosas, extremas, sorprendentes. Y salíamos airosos de todas ellas.

Para ilustrar más lo que para mí significa ese "espíritu de aventura" usaré como ejemplo una de las exploraciones que hice con mi buen amigo Andy Klein, en las tierras de British Columbia, en Canadá. Fue por los años 50. Luego de haber recorrido junto a mi padre algunos de los hermosos parajes de la zona de Kamloops, donde el paisaje se adorna con innumerables pequeños lagos y lagunas, entre bosques y cerros, decidimos ir con Andy a explorar las oportunidades en la pesca de las entonces poco famosas truchas arcoiris de Kamloops, una estirpe de Oncorhynchus mykiss que se caracteriza por su enorme fiereza en el combate por liberarse de su anzuelo al haber sido enganchada. Como dato más preciso, se ha determinado que las Kamloops son descendientes de steelheads que en algún momento del proceso geológico de la tierra quedaron aisladas en los lagos interiores de esta región, sin acceso al mar para sus migraciones acostumbradas.

Conseguimos que el padre de Andy, quien acostumbraba a viajar a la zona por negocios, nos llevara para iniciar nuestra aventura. Salimos temprano en la mañana y luego de unas horas de viaje, nos bajamos del auto junto a una pequeña granja al borde del camino principal. Justo en ese lugar prtía la desviación de unos kilómetros hacia el ahora famoso Lac Le Jeune, un lago muy hermoso e interesante, que de hecho posee un pequeño lago, de menor tamaño, como anexo en uno de sus extremos.

No hicimos más que iniciar la caminata de algunos kilómetros para llegar a la orilla poniente del lago, cuando las nubes de tormenta rápidamente cubrieron el cielo. Pocos minutos después, un impresionante aguacero se apoderaba de la escena. Al principio nos dio risa, pero cuando sentimos que realmente estábamos empapados, la risa se detuvo y nos preocupamos de avanzar. Por un par de horas sólo fue eso: el agua del cielo y silencio absoluto, cada uno absorto en su propio ritmo de caminata, sin toparnos con otro ser humano en todo el trayecto. Finalmente divisamos una de las orillas de Lac Le Jeune, lo que renovó nuestras esperanzas. Al ubicar un buen lugar, nos sacamos nuestras mochilas y al no sentir frío – por efecto de la caminata a duro ritmo – decidimos armar nuestras cañas y comenzar a lanzar a de orilla sin más trámite.

Pasó mucho rato. Nuestra frustración por la incesante lluvia había sido desplazada por la emoción de una picada esperada. Pero esa picada no llegaba. Cambiábamos moscas cada vez más rápido. Sin éxito. Así transcurrieron varias horas ... y nada. Cada cierto rato nos acercábamos, comparábamos patrones, intercambiábamos algunos, y nada. Muchas horas después, ya haciéndose de noche y sin haber detenido la lluvia, pusimos fin a la pesca de la jornada, no sin algo de decepción, posiblemente provocada por las altas expectativas previas. Al calor de una fogata y parcialmente cubiertos de la lluvia por unos silver firs, nos pusimos ropa seca y armamos el campamento, culminando con un buen plato de comida. La carpa y sacos que no se habían mojado, fueron un alivio para nosotros.

Al día siguiente, Andy se levantó antes que yo para ir a buscar algo de leña que no estuviese tan húmeda y poder armar una fogata matinal. En la maniobra, uno de los palos se le cayó en el pie, provocando un buen alarido. Luego de una poco objetiva y casi irresponsable revisión, decidimos que era sólo un golpe y que en el transcurso del día se pasaría. Unos huevos fritos y algo de tocino acompañaron esa mañana, mientras volvíamos a repasar nuestra estrategia de pesca en el lago. Durante la siguientes horas las condiciones del día anterior se repitieron. Mucha lluvia, ningún pez. La mayor diferencia fue la cojera casi inhabilitante de Andy. Luego de una pausa a mediodía, decidimos recorrer otro sector del lago, por una bahía que parecía semiprotegida. Lanzamos en todos los cortes a la profundidad que encontramos. Probamos varios de los clásicos streamers que usualmente formaban parte de nuestras cajas para aguas canadienses. Varios de los patrones fueron desarrollados por Bill Nation a principìos de siglo, quien fue uno de los grandes pioneros de la pesca técnica con mosca en British Columbia. Bueno, a los habitantes de Lac Le Jeune no les importó aquel currículum, porque por segundo día no logramos ni una sola picada, salvo los microsegundos de emoción antes de descubrir que lo que detenía la recogida era un tronco y no un pez.

El tercer día comenzó muy similar al anterior, salvo que el dolor en el dedo del pie de Andy se estaba haciendo casi inmanejable. Con mucha preocupación, decidimos desarmar campamento en medio la lluvia y emprender camino hacia una de las granjas en el camino, para ver si nos podían ayudar. Una hora y algo de caminata al llegar, desde la última casa, se transformaron en casi 3 por la cojera de mi amigo. Al llegar a mediodía, no había nadie en casa. Esperamos en la entrada por una hora, al menos manteniéndonos secos, sin ver a nadie cerca. Decidimos seguir, aunque la posibilidad de que Andy con su dolor pudiese llegar al camino principal era baja. Quedaban varios kilómetros y el camino no permitía tránsito de vehículos. Dos horas después la suerte cambió. De una de las granjas hacia el este del camino, salió una camioneta que se había aventurado en aquella huella maltenida. Más suerte aún tuvimos, cuando luego de detenerlo en base a súplicas de rodillas cuando recién estaba como a 50 metros, apareció por la ventanilla alguien que se identificó como un doctor. Luego de la explicación revisó el pie de mi compañero y decidió llevarnos él mismo a Logan Lake, un pueblo cercano, donde él podría atenderlo mejor.

Luego de que atendieron a Andy, colocándole algo muy cercano a un yeso, pero con algo de flexibilidad para permitirle un caminar más natural, y luego de rogar por otro tanto, las personas que mantendrían el turno de noche nos permitieron dormir en la sala de emergencia, en un par de camillas. Fue una primera noche al calor y bajo techo, mientras afuera la lluvia seguía. Aún más maravilla fue cuando nos trajeron un tazón de sopa muy reponedora.

Al día siguiente el clima aplacó y salió el sol. Por su parte, Andy estaba mucho mejor y se acostumbraba a su nuevo "zapato". Luego de aprovechar el desayuno que nos regalaron, salimos con nuevos ánimos. En un almacén cercano compramos algunas provisiones con el poco dinero que llevábamos y planeamos nuestro destino para los días que quedaban. La decisión fue unánime: seguiríamos la aventura.

Por razones que le tiempo me hizo olvidar, en algún momento ese día conocimos a unos rancheros que andaban en carreta y vivían cerca, precisamente, de Lac Le Jeune, por el lado de Little Lac Le Jeune, el lago más pequeño anexo al principal. Nos llevó casi todo lo que restaba de la tarde para llegar al rancho de ellos, donde pasamos la noche bajo techo y abrigados. Al día siguiente, unos caballos nos llevaron a la orilla de este pequeño lago. Los rancheros tenían un bote, el cual utilizamos por los siguientes tres días en que nos dedicamos a probar suerte en aquel hermoso pequeño lago.

La técnica fue bastante simple en general. En esos días de sol de principios de verano, vimos muchas libélulas, en particular algunas de un distintivo color azul casi fluorescente. Los patrones elegidos fueron streamers de aquellos tonos, en particular el Nation’s Blue y otros similares. Lo que hicimos fue dar vueltas en el bote por toda la orilla. Mientras un remaba, el otro lanzaba hacia la orilla, tratando de poner la mosca muy cerca de la vegetación, y en algunos otros lugares la paseábamos por encima de las camas de algas que se distinguían en el fondo de aquel cristalino lago. Fueron muchas las combativas truchas Kamloops que logramos burlar con aquel esquema. Fueron días fantásticos, aunque ara agregar a la lista, en una mala maniobra con el bote, me golpeé fuertemente la mano, quedando con un dolor, que días después fue diagnosticado como una esguince. Pese a eso, Andy y yo perdimos la cuenta de cuántas logramos pescar, algunas de las cuales creo que superaron un largo de 40 cm. La lluvia parcial que tuvimos en esos días sólo nos recordó el episodio de los primeros tres. Cuando estábamos por irnos, el clima volvió a empeorar y la lluvia volvió a hacerse presente. Con mucho frío. Como si fuese invierno, en pleno junio.

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No recuerdo bien cómo logramos llegar a casa casi dos días después, pero recuerdo claramente la expresión de mi madre al contarle gran parte de los detalles buenos y casi aterradores de nuestra aventura de casi diez días. En algunos momentos fuimos sermoneados por no haber vuelto a casa cuando pudimos, luego de la pasada por el hospital. Pensándolo, creo que tenían razón. Pero a esa edad, con esas ganas de hacer cosas nuevas y descubrir más allá de nuestros límites conocidos. No sé en realidad si el esfuerzo de seguir, ambos con heridas, cansados y a veces con hambre y frío, fue una decisión muy inteligente, pero tengo claro que más que haber sido una historia con episodios de mala suerte crónica, fue una verdadera aventura.

Puede ser un factor de la edad. Estoy seguro de ello. Pero también creo que hay un factor de cada persona. Conozco gente que no toma riesgos por ningún motivo. La seguridad en sus vidas es un factor importante. Es una decisión sabia. Pero hay otras personas que tienen que experimentar más allá de lo que suena seguro. La palabra aventura siempre ha tenido una connotación poderosa en mi vida. El concepto de espíritu de aventura, que yo identifico como la "capacidad de aventurarse a ir más lejos de los conocido", es en realidad lo que me ha permitido llegar más lejos en los aspectos de mi vida. Gracias a ese espíritu, realmente he podido descubrir que puedo llegar mucho más llá que muchos de mis conocidos, aunque creo que nunca realmente sabré hasta dónde realmente puedo llegar.


André Saint-Valle es un suizo que vivió muchos años en Canadá y EEUU, para luego quedarse en este austral país. Ha dedicado gran parte de este siglo a recorrer distintos lugares del mundo, siempre intentando aprender de la vida a través de la naturaleza.

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