Voces de la Corriente - Andre Saint-Valle

El Lago de los Sueños

Cada vez que me acuerdo me vuelvo a sorprender. Resultó que luego de viajar tanto tiempo por un par de continentes, vine a parar a este rincón de América, en el sur de Chile, de donde sabía muy poco. Al poco andar por estas latitudes me di cuenta de la impresionante cantidad de sorpresas que me esperaban a la vuelta de cada esquina. Una de ellas se trató de experimentar por primera y drástica vez lo que mucha gente denomina Deja Vu. Viene siendo la situación de experimentar sucesos con personas y/o lugares de los que se tiene la sensación de haber vivido ya. Aunque a veces los eventos en particular no pueden haber ocurrido antes.

Una vez me topé hablando de este tema con un ingeniero, con fuerte formación científica (quien de pasada escribe en esta revista también), y me comentó del concepto del viaje en el tiempo. Sin entrar a la explicación matemática/física que recibí en aquella ocasión, este personaje me explicó que el tiempo viene siendo una dimensión más, y que los sucesos están ocurriendo en distintos puntos del eje del tiempo. Además, el tiempo no se manifiesta en una recta, como podríamos imaginarlo en nuestra mente, sino que es "plegable" y que en nuestro inconsciente, muchas veces en sueños, realizamos esa maniobra de pliegue y nos encontramos de una u otra manera viajando a otros lugares y tiempos. Al despertar aseguramos como todos las personas en que la experiencia fue sólo un sueño, producto absoluto de nuestra imaginación.

Cuando escuché aquella explicación, me calzó perfectamente con un evento puntual en mi vida que sucedió precisamente al poco tiempo de mi llegada a esta tierra austral. En algún momento de mi niñez, aún viviendo en Suiza, recuerdo (aunque no recordé por muchos años) haber tenido un sueño muy especial. En aquel sueño, yo subía por una arista de un cerro, admirando el valle que se desenvolvía a ambos lados. En un día maravilloso. Al llegar a la cima aparente de aquella subida, aparecía antes mis ojos un verde bosque por el que el mismo sendero descendía. Luego de otro trecho, se abría el bosque, mostrando un espectáculo increíble. Una laguna escondida, flanqueada por dos montañas de puntas nevadas. A cada extremo, verdes prados se asomaban desde el bosque. Todo coronado por un lago de color esmeralda profundamente impactante. Aunque mi sueño a grandes rasgos termina ahí, siempre me imaginé qué podría haber al llegar a aquel lago. Ya en ese entonces soñaba con mágicas jornadas con caña en mano.

Pasaron décadas, países, continentes, amores, dolores, hijos. Llegué a Chile varios años después. Habiendo pasado un par de años ya en este país, fui invitado una vez más a recorrer algunos rincones más secretos (en aquel entonces) del territorio austral. Fue Andrés Vicuña, muy identificado con su espíritu aventurero, quien me sugirió que fuésemos en avión a conocer uno de los pueblos en la zona austral aislada (en ese entonces se comenzaba a construir la actual carretera austral), el cual quedaba muy cerca del límite con la vecina república argentina. Fue así como un caluroso día de febrero llegamos hasta aquel remoto poblado. Era literalmente un puesto de abastecimiento para los colonos esparcidos por la zona. Gracias a eso mismo, no tardamos en encontrar un arriero dispuesto a pasearnos en caballo por los secretos de la región. Su nombre, si recuerdo bien, era Bernardo, y a pesar de haber nacido en Chile, llevaba sólo unos años después de haber vuelto de Argentina con su familia.

La aventura comenzó pocas horas después, mientras tomábamos un sendero de pastoreo que se encumbraba por las laderas de una sierra montañosa visible desde la villa. Algunas horas después bordeábamos un hermoso lago, mucho más largo que ancho, flanqueado a ambos costados por cerros de altura, tapados en parte por bosques nativos. En algunos sectores ya se apreciaba el efecto de los incendios provocados para proveer terreno para el ganado. Aún así, el espectáculo era de por sí impactante. Según Bernardo, nos dirigiríamos hacia su casa, en el valle paralelo al que cruzábamos, donde su familia lo esperaba. El mismo nos llevaría de vuelta en siete días más.

Acampamos ese atardecer en la otra punta de aquel cuerpo de agua, lugar en que se enseñaba una hermosa bahía cubierta de juncos en casi toda su orilla. Con Andrés logramos ubicar un claro más despejado de juncos y pudimos avanzar unos metros en el agua para posicionarnos junto a un corte, con clara evidencia de presencia de salmonídeos. Recuerdo claramente haber atado un White Ghost, un clásico streamer originado en el hemisferio norte. Andrés y yo nos mantuvimos a corta distancia, por lo que pudimos compartir los breves pero maravillosos momentos al sentir con gran entusiasmo la poderosa picada de las arcoiris habitantes de aquel lago. Todo fue coronado con un rosado atardecer que destacó las siluetas de las orillas en aquel calmo lago patagónico.

A la mañana siguiente, desperté con más ánimo que nunca a un día que prometía un clima esplendoroso. El solo ya se asomaba por entre las montañas, y el olor del café se sentía hasta la carpa. Sólo mi retaguardia despreció el momento, al darme cuenta que las horas en caballo de la jornada anterior habían cobrado un peaje, producto de años de no tener una costumbre de cabalgar. No fue suficiente para desanimarme, y una hora después avanzábamos por la misma huella que se alejaba del lago internándose en el valle del río afluente principal. Otro par de horas después y dos casas de colonos en la pasada, nos encontramos frente a un portezuelo que claramente ofrecía el cruce más adecuado de la sierra. Aquel cruce nos llevaría al valle donde se encontraba la familia de Bernardo esperándolo. Comenzamos a subir, y la posición en la montura no tuvo timidez en hacerme notar mis partes adoloridas. A los minutos, el dolor pasaba de una simple molestia a una situación en que cada paso irregular de mi cabalgadura se manifestaba multiplicado en mi expresión facial. Debo haber cerrado mucho los ojos, porque no note muchos detalles de aquel sendero de subida.

Mi atención fue completamente desviada al llegar al final de la subida y encontrarme cara a cara con exactamente al mismo bosque de mi sueño tan vívido de algunas décadas antes. Me quedé boquiabierto, al comienzo, sin saber por qué. No sabía qué podía tener aquel bosque, que aunque muy hermoso, no difería demasiado de otros que ya había visitado en aquellos años. Cuando comenzamos a bajar me di cuenta que era el de mi sueño. No había recordado ese sueño por muchos años, y sin embargo, ahí estaba en mi mente. Como si hubiese sido un sueño de la noche anterior. No lo comenté. Sólo me lo guardé.

Otro buen rato más, el asombro había cedido algo de terreno al dolor que volvía a hacerse más agudo. Ya no me quedaba duda de que me costaría un par de días volverme a sentar con soltura. A medio andar en el bosque, decidí apearme y caminar con las riendas de mi caballo en las manos. Bernardo decidió pasar a saludar a uno de sus vecinos, y en vista de mi condición de caminante, hice un corto saludo y emprendí por el sendero, adelantándome a mis compañeros. Una media hora después, salí del bosque y me encontré efectivamente con un hermoso lago, flanqueado por cumbres nevadas, ofreciendo verdes colores tanto en sus laderas, como en los extremos del lago. El color resaltó con el cielo despejado. Un color azul esmeralda imborrable en mi retina. Era el mismo lago con el que muchos años y muchos kilómetros atrás había soñado. Para mí, en el momento fue sólo un asombro generalizado, pero la belleza y disfrute del lugar (y algo de dolor) desviaron mi asombro por la contemplación del lugar. Pocos minutos después mis compañeros me alcanzaron, llegando finalmente a la casa de Bernardo en el extremo opuesto a media tarde de aquel día.

Lago Escondido

El resto de la jornada la dedicamos a conocer a la orgullosa familia de Bernardo, quienes se destacaban como esforzados cowboys australes, viviendo en uno de los rincones más remotos de la Patagonia por mí conocida. Esa noche dormí como nunca.

Al día siguiente, el lago nos esperaba. Una sorprendente canoa tallada del enorme tronco ahuecado de un coihue fue nuestra embarcación por aquellos días. La primera jornada comenzó en la orilla más cercana, la que ofrecía una playa azotada por el viento austral, pero con impresionante estructura rocosa y vegetal en los costados que se elevaban gradualmente hacia los cerros. Sólo fueron tres lanzamientos de Andrés antes que la primera marrón se clavara furiosamente en el streamer. Mi turno no se hizo esperar, por lo que mi primera arcoiris de mi lago escondido se lanzó a mi ofrecimiento, luego de aparecer sorpresivamente desde un tronco sumergido. Esa tarde volvimos a salir, esta vez con uno de los hijos de nuestro increíblemente amable y hospitalario anfitrión. Se había asombrado mucho al ver nuestra técnica, con la que "hacíamos bailar el hilo en el aire", según él. No le fue fácil lograr lanzar la combinación de equipo en un primer intento, pero su evidente capacidad de observación le pulieron su iniciante técnica en forma muy rápida. Unas vueltas más y Angel – creo que era su nombre – elevaba en sus manos su primera trucha con mosca. Esa noche todos compartimos parte de la captura del día, por lo que nuestros anfitriones se vieron muy agradecidos. Era la primera jornada en el lago de mis sueños. Esa noche me di cuenta que de alguna extraña manera sentía que ese lago me pertenecía, o que yo pertenecía al lago. No me quedaba claro, pero había una relación especial.

Cuatro días después cabalgábamos con Bernardo y uno de sus hijos por el valle, internándonos más y más. Según la explicación de la ruta, volveríamos al mismo pueblo por la difusa huella. Pero una sorpresa nos esperaba a media jornada. Luego de recorrer unas horas por la meseta elevada de la sierra que separaba este valle del lago de la primera jornada de avance, nos encontramos con un segundo lago no muy lejos de aquel lago de mis sueños. Era una réplica del lago mayor, en el valle paralelo, pero en versión reducida. Bellísimo y sobrecogedor, en especial al observarlo desde las alturas. Bernardo nos hizo una seña y nos desviamos de la huella, rumbo a la punta sur de aquel lago, donde se apreciaba un desagüe de impactante presencia, rodeado por juncales, y con claras placas de vegetación sumergida a poca distancia de la superficie. Andrés parecía sonreírse sólo. Yo hacía lo mismo. Una hora de mucho esfuerzo de bajada después, llegamos a la orilla, donde sin esperar invitación, armamos cañas y comenzamos aprobar suerte. Como ya todo era perfecto, esta ocasión no marcaría la nota baja. En poco más de una hora capturamos varias hermosas truchas, todas ellas muy combativas. Soltamos la gran mayoría que no llegaba a los 30 cm, y conservamos tres que habían superado la marca de los 50 cm, las que nuestros apreciados anfitriones conservaron.

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Comenzamos la subida, que nos llevó poco más de una hora para volver al punto en que habíamos desviado camino. Volvimos a tomar la huella de pastoreo, llegando al final del día al valle en que al final divisábamos la villa, nuestro punto de partida días antes.

Entre los cuatro compartimos unos tragos en el saloon local, riendo y comentando los días pasados. El monto de dinero que le dimos a Bernardo fue recibido como una fortuna, cuando para Andrés y para mí, la experiencia era de por sí, invaluable. Para mí en particular, había vivido una experiencia única en mi vida. La posibilidad de encontrarme con mi lago de sueños era un milagro a mis ojos. Era un bendición. Lo sigue siendo.

Ahora han pasado otras décadas más, y aunque soy aún más viejo, despierto algunas mañanas con la cierta sensación de haber soñado nuevamente con mi lago de los sueños.

Ojalá a ti te toque toparte con el tuyo. Te lo deseo de todo corazón.


André Saint-Valle es un suizo que vivió muchos años en Canadá y EEUU, para luego quedarse en este austral país. Ha dedicado gran parte de este siglo a recorrer distintos lugares del mundo, siempre intentando aprender de la vida a través de la naturaleza.

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