Voces de la Corriente. - André Saint Valle

Una Gran Sorpresa Autóctona

Aunque han pasado varios años, me acuerdo como si fuese ayer. Fue mi primer viaje al sur de Coyhaique, en la austral región de Aysén en Chile. La aventura pretendía cubrir los últimos kilómetros de carretera austral que existían hasta ese momento. Es más, la ruta había pasado poco antes por el cajón del Río Barrancoso. La idea era ver los efectos de las siembras de truchas en la zona y sus efectos pocas décadas después en algunos lagos y sus cursos afluentes. Era fines de noviembre. Una primavera muy benigna en la zona, donde veranos son a veces más pluviosos que el invierno. Nos juntamos en Coyhaique con Andrés Vicuña y luego de conseguirnos una camioneta con un extremadamente amable coyhaiquino que habíamos conocido tiempo antes, nos dirigimos con carpas, mucha comida y algo de combustible extra rumbo al sur.

En los siguientes probamos suerte en diversos cursos de agua de la zona, uno de ellos el Río Ibáñez que años después (a principios de los ’90) fue arrasado por la erupción del Volcán Hudson. Lo interesante de la zona, que aunque se identifican en forma muy clara los cuerpos de agua mayores de toda la región, existen numerosos pequeños ríos, esteros y lagunas que se encuentran atravesando la carretera o bien a poco andar desde el vehículo. Muchos de ellos están interconectados con los mayores lagos de la región, lo que les ha permitido poblarse con las truchas más avanzadas del grupo sembrado en el lago o río principal. Es cosa de recorrer la carretera y perder la cuenta al ver todos estos pequeños y medianos cursos de agua.

Al quinto día de viaje llegamos a uno de los ríos afluentes del Lago General Carrera por su costado sur. El día se mantenía bastante soleado, como los dos días anteriores y la temperatura era más que agradable. La idea era probar desde la boca, muy cerca del camino, y luego dedicar unas horas a remontar su curso lo más posible. La esperanza era capturar algún ejemplar de verdaderas proporciones, que imaginábamos podía ser parte de los descendientes de las grandes truchas que habitan este lago austral, llamado Lago Buenos Aires en su porción argentina.

Comenzamos dirigiéndonos a una explanada boca, en que el curso entraba en este enorme lago dejando una interesante barra de arena y grava. Líneas de hundimiento y grandes streamers fue nuestra apuesta, que en un primer momento sólo logró algunos ejemplares que dieron interesantes peleas, aunque no superaban los 20 ó 25 cms. Poco a poco comenzamos los dos a avanzar por el cauce del río corriente arriba. Los pozones se alternaban con interesantes runs, que en sus recodos más oscuros y profundos parecían esconder una portentosa marrón a la espera de su alimento.

Pasaron pocos minutos hasta que Andrés logró capturar una de las esperadas marrones de los recodos. Se trataba de un hermoso ejemplar que superaba los 30 cm de largo y presentaba un colorido más bien deslavado, que resaltaba fuertemente unos enormes y casi fluorescentes puntos rojos, clásicos de esta especie de truchas. Una relativamente corta pelea fue seguida de una precisa interrogación por mi parte de las condiciones en que la trucha había atacado. La estrategia estaba clara, pasear el streamer relativamente libre de arrastre, por delante de estos rincones más profundos del cauce, esperando que el patrón se detuviera en seco, lo que constituiría la señal para clavar la mosca - en una trucha o en un tronco hundido, según me aclaró Andrés.

Pasaron los minutos y los rincones y mi streamer, un White Ghost, clásico streamer del Hemisferio Norte, no parecía despertar el interés. Andrés, en ese lapso, había capturado otras dos truchas, aunque de menores proporciones, pero interesantes y entretenidas peleas. Hermosas truchas las dos.

Llegué a un recodo más cubierto por los árboles. El río se angostaba, aunque manteniendo la presencia de pozones con profundidad y algunos cortos runs con algunas rocas en el medio del lecho. El cielo comenzaba a cubrirse, pero la temperatura ambiental se mantenía sobre el promedio para la época.

Enfrenté ese pozón de la misma manera que lo había hecho en los anteriores. Me paré corriente arriba, y apunté hacia la orilla opuesta, depositando la mosca en el run pocos metros antes de la depresión que se notaba por la oscuridad en el agua. Logré pasear el streamer dos veces antes de sentir el ansiado tirón, que inmediatamente se diferenció de un tronco hundido, porque se movió hacia el centro del río frenéticamente. Luego, de unos fuertes tirones y sacudidas, sin asomarse a la superficie, el pez adoptó la estrategia del peso muerto, dejándose entrar en la corriente principal, exigiendo a mi equipo el máximo de su resistencia. Moviéndome por la orilla logré cambiar el ángulo de la pelea y pude hacer que el pez se viera forzado a aplicar un gran esfuerzo por liberarse. El peso que sentía me indicaba claramente que se trataba de un gran pez, pero la falta de luz directa me impedía detectarlo en el agua para poder estimar su tamaño.

Poco a poco mi caña #6 fue venciendo y pude llegar a apreciar en directo al agotado pez. Grande fue mi sorpresa al tomarlo de la cola y descubrir que se trataba nada menos que una corpulenta y magnífica percatrucha, habitante nativo y originario de estas aguas australes. Era la primera vez que capturaba una de éstas en Chile y la verdad es que me llamó en exceso la atención su tamaño, que en mi estimación se acercaba a los 3 kgs.

A los pocos instantes llegó Andrés quien compartió plenamente mi sorpresa y más aún, elogió mi suerte de capturar a uno de estos ejemplares de tal tamaño. Era la más grande que había visto alguna vez.

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Unos movimientos en el agua, sujetándola firmemente por la cola permitieron que esta perca retornara a su lugar de comodidad en el río, y prosiguiera su vida.

Más tarde ese día decidimos aprovechar algo de luz y nos fuimos a visitar uno de los pequeños boliches que existen en Puerto Murta, casi en el extremo sur de aquel gigantesco lago. Nos sentamos y fuimos extraordinariamente atendidos por señoras de aspecto claramente europeo con quienes llegué a entablar conversación de ese continente, descubriendo que casi toda su vida la había pasado a orillas del Gral. Carrera. Una reponedora taza de té y pan amasado fueron acompañados por el relato de la sorprendente captura de una perca de esas proporciones. Como en la mayoría de las historias de quienes habitan los lugares de pesca, existían recuerdos de capturas aún mayores, y coincidían todos en que era noviembre la época en que estos enormes habitantes que pasaban su vida en el lago, decidían entrar al río para reproducirse. Analizando la perca capturada por mí, posiblemente se trató de uno de los machos reproductores que esperaba generar nuevas percas en ese interesante y especial curso de agua patagónico.

Lo que me gusta de los viajes, en que todos los días, en todos los lugares, hay algo nuevo que aprender. Sin lugar a duda, las aventuras en la Patagonia se cargan aún con mayores recuerdos.


André Saint Valle es un suizo que vivió muchos años en Canadá y EEUU, para luego quedarse en Chile por varios años. Hoy reside nuevamente en Vancouver, Canadá. Ha dedicado gran parte de este siglo a recorrer distintos lugares del mundo, siempre intentando aprender de la vida a través de la naturaleza.

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