
El Pozón de la LeyendaPor alguna curiosa razón, casi todos los ríos tienen un recodo místico, donde los locales y más frecuentes visitantes reconocen abiertamente, existe la más grande y vieja trucha del lugar. Por supuesto, esta longeva trucha ha llegado a este enorme tamaño no por suerte, sino por astucia, logrando sobrevivir por años a los pescadores con un creciente interés en capturarla. Este fenómeno es tal, que hace unas buenas décadas me encontré con una historieta del Ratón Mickey en que iba en busca del “Gran Trucholote”, habitante de una laguna adyacente a un río. No es broma. En la vida real, muchas veces esta gran trucha no existe, y el curso de agua contiene una población homogénea de truchas que rara vez tienen más de 3 años y no alcanzan a superar los 20 cm de largo. En muchos casos, un buen desempeño y resultado en la jornada de pesca consiste en capturar un interesante número de activas truchas utilizando mosca seca. De alguna manera quiero pensar que el logro de capturar los más grandes no es tan atractivo como capturar los más difíciles. Pero como toda leyenda, la de la trucha dominante se basa en hechos reales. En cada río hay alguien que vivió un encuentro con una gran trucha en algún momento del tiempo. Y aunque su relato sea exagerado (aumentado) por la emoción y sorpresa del pescador de haber visto su mosca tragada por un “leviatán del río” sin poder capturarlo, la realidad es que un gran pez efectivamente se dejó ver por unos breves instantes. Así nace una leyenda que permanece en la mente de los habituales pescadores de aquel río, sin importar que el rango de vida potencial de aquel enorme y excepcional pez haya expirado pocos años después del relato original. Los pescadores seguirán por varios años buscando la oportunidad de capturar al fabuloso ejemplar. Es así como nace la leyenda.
A mí me tocó ser parte de una leyenda, basada en hechos reales, hace varios años en un río no muy lejano de una gran ciudad de Chile como es Santiago. Pese a la cantidad de trabajo que tenía en esos días, tuve la suficiente autodisciplina para no perder mi fervor por salir a pescar. Junto a uno de mis buenos amigos, Andrés Vicuña, aprovechábamos cada rato libre de los fines de semana para salir con nuestras delicadas cañas de bambú a recorrer algunos de los cursos de agua que se descuelgan de la Cordillera de Los Andes. En ocasiones nos encontramos al llegar al río, con sendas eclosiones de caddisflies que las truchas residentes aprovechaban ávidamente. Ver un largo run con literalmente decenas de aureolas en la superficie es un espectáculo difícil de olvidar y para un pescador con mosca, que tiene en su caja la correcta imitación de aquellos insectos, difícil de resistir. En otras ocasiones llegamos al río al comienzo de una breve lluvia de primavera en un fin de semana de excesivo calor. Las truchas, reactivadas por la ausencia del sol y por una reposición de agua fresca hacían de las suyas con los organismos que habitaban el lecho, cosa que con nuestras adecuadas imitaciones aprovechamos con sorprendente éxito. Eran pequeñas truchas arcoiris, de no más de 12 ó 15 cm de largo, de hermosos colores y ocasionalmente escoltadas por algunas poco frecuentes truchas marrones de similares proporciones. Estas truchas permanecían gran parte del tiempo alimentándose de mayflies de pequeño tamaño - en su mayoría de la familia de las Baetis - de caddisflies, y de unas escasas y sorprendentemente pequeñas stoneflies. Nosotros usualmente presentábamos pequeñas Hare’s Ear cerca del fondo, con largos líderes y mucha delicadeza. En ocasiones, como mencionaba, la acción de la superficie era tal, que era imposible lograr algo sin una mosca seca, como la clásica Adams o una simple Elk Hair Caddis. Fue en una de estas jornadas en que me llevé la gran sorpresa. Era un tranquilo día de diciembre. Era día de semana, por lo que las visitas a aquel río se limitaron a un par de lugareños, Andrés y yo. A pesar de estar en la época más calurosa, el día amaneció nublado, lo que ayudó a disminuir enormemente el caudal de deshielo. Esto gatilló la eclosión de unas pequeñas mayflies en gran abundancia. Las truchas no demoraron en darse cuenta y procedieron al festín en plena superficie del agua. Con Andrés de alguna manera habíamos programado esta visita con el pronóstico del clima en mente, esperando precisamente que el día nublado provocase esta ansiada eclosión. Con una pequeña Adams en el líder de Andrés y una “Simple Hackle” en el mío, comenzamos recorriendo unos interesantes runs, que nos dieron rápidas tomadas de nuestras imitaciones. Varias de las truchas más grandes - comparativamente - se dedicaron a atacar nuestras moscas, lo que con una caña de bambú, tan sensible y flexible, es un verdadero disfrute. En ocasiones mi mosca apenas alcanzaba a tocar la superficie del agua cuando era súbita y fuertemente atacada por una decidida trucha. Luego, pasábamos al siguiente recodo y lanzábamos nuestras moscas con dedicada precisión frente a las abundantes aureolas que dejaban las truchas al tomar insectos de la superficie. Al llegar a uno de los profundos pozones, nos trepamos por el costado, tomando cierta altura que nos permitiría la perspectiva de ver los mejores potenciales lugares donde presentar nuestras pequeñas moscas. Vimos muchas truchas en activa faena de alimentación hacia la boca del pozón, donde una pequeña caída de agua entregaba insectos corriente abajo. Fue ahí donde comencé a poner mi imitación. Los primeros tres lanzamientos produjeron resultados inmediatos en la línea de Andrés, así que decididamente exigí mi oportunidad de lanzar mi mosca. Dos lanzamientos pasaron sin éxito, hasta que el tercero logró que una sutil succión bajo mi patrón de mayfly la hiciera desaparecer. Con la misma calma de siempre levanté la caña para sentir al otro lado una sorprendentemente sólida clavada. La solidez se transformó en potencia y frenesí, y sólo dos segundos después pude ver el enorme cuerpo de una trucha, que superaba en tamaño a las demás en más de 5 veces, mientras ésta se elevaba en el aire intentando liberarse de la mosca. Me quedé helado. No lo pude creer, pero afortunadamente un solo grito de sorpresa por parte de Andrés me trajeron de vuelta a la Tierra. Las dimensiones del pozón fueron aprovechadas por la trucha en su intento de liberación, mientras que mi caña se doblaba completamente. Afortunadamente el líder no se cortó y unos minutos después la trucha ya no lograba juntar fuerzas para subir por el pequeño rápido que precedía aquel pozón. Mi paciencia y concentración lograron el milagro y la enorme trucha se entregó a mis manos. Una rápida medición de la trucha en el largo de mi caña evidenciaron unos sorprendentes 32 cm de largo. Andrés ya no hablaba. Sólo permanecía observando con la mandíbula caída. Era impresionante. Pesaba al menos 15 veces más que la mayoría de las truchas de aquel río. De todas las jornadas de pesca que habíamos vivido en aquel lugar, nunca habíamos visto un pez que tuviera la mitad del largo de aquella musculosa arcoiris. Con delicadeza y paciencia la moví hacia delante y hacia atrás para oxigenarla y permitir su recuperación. Cuando sentí que ella recobraba las fuerzas, la solté y en un segundo desapareció entre las rocas del fondo del pozón. Era evidente que era su hogar. Un par de días después nos encontrábamos en una de las tiendas de pesca de esta capital, junto a Andrés, relatando el episodio vivido con lujo de detalles. Algunos de nuestros conocidos se encontraban aquel día y parecían disfrutar tanto de la historia como nosotros mismos. Algunas risas incrédulas se mezclaban con ojos sorprendidos y deseosos de visitar aquel sorpresivo pozón. Un tiempo después, en sucesivos encuentros con diversos adeptos a la pesca, pude ver cómo la historia de mi captura se había difundido entre el medio de pescadores. De todo tipo de pescadores. Estaba claro que una trucha de esas proporciones era realmente un milagro en las aguas de la zona central, cuando se entendía que sólo lograban esas proporciones en aguas extremadamente remotas, como las de la - en ese entonces - incipiente carretera austral. No me pareció en nada un orgullo el ser partícipe del creciente rumor de las “enormes truchas” que habitaban un pozón de aquel río. Poco a poco, la gran masa de pescadores comenzó a escuchar y creer que aún existían enormes truchas en la zona central, y que se hallaban en los oscuros pozones de pequeños ríos cordilleranos. Me tocó ser interrogado por algunos personajes en mis visitas a algunas tiendas de pesca. Algunas veces conté algunos detalles frente a interesados auditores, y en otras ocasiones negué haber vivido tal experiencia en la pesca. De alguna manera no me parecía razonable darle tal percepción a mi experiencia si más bien sentía que se había tratado de un recuerdo fortuito y posiblemente no se repetiría, sin contar con la preocupación de dirigir a grandes números de despreocupados pescadores a pescar en un río tan delicado y hermoso como aquel. Aún así, se acrecentaba un frenesí por ir a pescar estos lugares, y me quedaba claro que las intenciones de todos los interesados no eran precisamente relacionadas con el Catch & Release. Con el tiempo la emoción fue decayendo y el río pasó nuevamente a su histórico semi-anonimato, aunque leyendas de enormes truchas en pozones de pequeños ríos siguen existiendo hasta el día de hoy. No quiero decir que fui yo quien inició aquel rumor, porque ciertamente más de algún otro pescador logró sacar una enorme trucha en algún río cercano a una ciudad tan grande. Posiblemente alguno de ellos conservó algunos de esos extraordinarios ejemplares como “prueba fehaciente” de su captura. Lamentablemente. Poco a poco, los pocos peces de esas dimensiones que existían, fueron desapareciendo, y así, formaron parte de la leyenda de la pesca en los ríos de la zona central de Chile. ... ¿y qué pasó con el pozón de aquella leyenda? El pozón sigue ahí. El río sigue trayendo agua de las alturas de la Cordillera. Pero las truchas de aquel hermoso río ya no son los mismas, si es que queda alguna. Los últimos diez años han sido duros para el río. Aluviones, sequías, crecidas desproporcionadas, canales de desagüe, urbanización, depredación, contaminación. Son demasiadas tragedias para que un curso de agua tan delicado resista. En especial si está tan cerca de las sedes de un par de clubes de pesca y caza. No voy hace al menos 6 años y hoy ya no vivo en Chile. No volví a aquel río, porque aquellas jornadas en que cientos de truchas tomaban los insectos en plena eclosión dejaron de existir hace un tiempo. Quizás todo sería diferente si la ciudad cercana no fuera tan grande y descontrolada como es Santiago, o si el clima del planeta no estuviese viviendo cambios tan drásticos, o si yo nunca hubiese hablado del pozón de la leyenda. Quiero pensar que no soy tan relevante ni famoso como para haber provocado ese revuelo ... eso espero. |
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